Sunday, 10 April 2016

Donde los aduaneros no miran nunca las maletas, solamente los ojos y los labios

[Final del libro “Silvalandia” trabajo hecho con textos de Julio Cortázar y cuadros de Julio Silva]

Han pasado muchas cosas, digamos muchas páginas pero lo mismo los reconocemos, son los de la portada. Nos han seguido los pasos sin mostrarse nunca, y así como se reían a la entrada pensando que nos perderíamos en Silvalandia, así se ríen a la salida para despedirnos, para juntar sus voces y decirnos:

- No nos reíamos por maldad sino porque somos solamente eso, dos pequeñas sonrisas azules que buscan sentirse menos solas. ¿Por qué desconfiaban de  nosotros cuando salíamos a esperarlos en la portada? Solamente les pedíamos que también sonrieran, que nos acompañaran, así, muchas gracias.

Y están contentos, podemos irnos de Silvalandia dejándolos otra vez en la portada a la espera de otro lector, de alguien que también los mirará extrañado, receloso de su silenciosa expectativa, pero que terminará por quererlos (y a los Ontok, a Hojitas, a Gustavo, al pescado Ricardo, por qué no a todos) y que franqueará sonriendo la frontera de Silvalandia donde los aduaneros son azules y no miran nunca las maletas, solamente los ojos y los labios.


Julio Cortázar

Monday, 21 March 2016

Escritura, poder, dominación, explotación y esclavitud

La escritura es una cosa bien extraña. Parecería que su aparición hubiera tenido necesariamente que determinar cambios profundos en las condiciones de existencia de la humanidad; y que esas transformaciones hubieran debido ser de naturaleza intelectual. La posesión de la escritura multiplica prodigiosamente la aptitud de los hombres para preservar los conocimientos. Bien podría concebirse como una memoria artificial cuyo desarrollo debería estar acompañado por una mayor conciencia del pasado y, por lo tanto, de una mayor capacidad para organizar el presente y el porvenir. Después de haber eliminado todos los criterios propuestos para distinguir la barbarie de la civilización, uno querría por lo menos retener este: pueblos con escritura, que, capaces de acumular las adquisiciones antiguas, van progresando cada vez más rápidamente hacia la meta que se han asignado; pueblos sin escritura, que, impotentes para retener el pasado más allá de ese umbral que la memoria individual es capaz de fijar, permanecerían prisioneros de una historia fluctuante a la cual siempre faltaría un origen y la conciencia durable de un proyecto.
Sin embargo, nada de lo que sabemos de la escritura y su papel en la evolución humana justifica tal concepción. (…)
Si se quiere poner en correlación la aparición de la escritura con ciertos rasgos característicos de la civilización, hay que investigar en otro sentido. El único fenómeno que ella ha acompañado fielmente es la formación de las ciudades y los imperios, es decir, la integración de un número considerable de individuos en un sistema político, y su jerarquización en castas y en clases. Tal es, en todo caso, la evolución típica a la que se asiste, desde Egipto hasta China, cuando aparece la escritura: parece favorecer la explotación de los hombres antes que su iluminación. Esta explotación, que permite reunir a millares de trabajadores para constreñirlos a tareas extenuantes,  explica el nacimiento de la arquitectura mejor que la relación directa que antes encaramos. Si mi hipótesis es exacta, hay que admitir que la función primaria de la comunicación escrita es la de facilitar la esclavitud. El empleo de la escritura con fines desinteresados para obtener de ella satisfacciones intelectuales y estéticas es un resultado secundario, y más aún cuando no se reduce a un medio para reforzar, justificar o disimular el otro.
Sin embargo, existen excepciones: África indígena ha poseído imperios que agrupaban a muchos cientos de millares de súbditos; en la América precolombina, el de los incas reunía millones. Pero en ambos continentes esas tentativas se revelaron igualmente precarias. Se sabe que el imperio de los incas se estableció alrededor del siglo XII; los soldados de Pizarro no hubieran triunfado fácilmente sobre él si no lo hubieran encontrado, tres siglos más tarde, en plena descomposición. Por mal que conozcamos la historia antigua de África, adivinamos allí una situación análoga: grandes formaciones políticas aparecían y desaparecían en el intervalo de pocas décadas. Pudiera ser que esos ejemplos comprobasen la hipótesis en vez de contradecirla. Si la escritura no bastó para consolidar los conocimientos, era quizás indispensable para fortalecer las dominaciones. Miremos más cerca de nosotros: la acción sistemática de los estados europeos en favor de la instrucción obligatoria, que se desarrolla en el curso del siglo XIX, marcha a la par con la extensión del servicio militar y la proletarización. La lucha contra el analfabetismo se confunde así con el fortalecimiento del control de los ciudadanos por el Poder. Pues es necesario que todos sepan leer para que este último pueda decir: la ignorancia de la ley no excusa su cumplimiento.
La empresa paso del plano nacional al internacional, gracias a esa complicidad que se estableció entre jóvenes estados -enfrentados con problemas que fueron los nuestros hace dos siglos- y una sociedad internacional de poseedores, intranquila por la amenaza que representan para su estabilidad las reacciones de pueblos mal llevados por la palabra escrita a pensar en fórmulas modificables a voluntad y a oponerse a los esfuerzos de edificación. Accediendo al saber asentado en las bibliotecas, esos pueblos se hacen vulnerables a las mentiras que los documentos escritos propagan en proporción aún más grande.
Tristes trópicos
CLAUDE LÉVI-STRAUSS

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Thursday, 10 March 2016

El ejército, misiones internacionales

191215

(…) El otro compañero de dormitorio es un muchacho joven venezolano, al menos de origen. Hoy toma un avión hacia Venezuela, deduzco que para pasar las navidades. 

Nuestra conversación da un giro que genera mi interés cuando me dice que es militar (en el ejército español) y que ha estado destinado en Afganistán. Me cuenta también que ahora tiene un amigo, un compañero, en República Centro Africana y me enseña fotos que lleva en su móvil y que le ha enviado ese amigo. Me las muestra asombrado por el modo de vida de las personas en ese país. Supongo que esta es también la mirada de su amigo y de la mayoría del resto de los soldados. Me cuenta, sonriente de perplejidad, la simpleza y la pobreza de esos centro africanos. Me dice también que le gustaría que le enviasen allí.

En otro momento de la conversación, mientras desayunamos, me recomienda que viaje a Colombia pero que lo haga “a donde van los turistas”. 

Le pregunto si las cosas han cambiado o están cambiando en Venezuela después de las últimas elecciones y me dice que sí. No es chavista este muchacho.

En un momento dado me dice que a él le gusta pasearse con chaleco antibalas y fuertemente pertrechado, armado, porque le gusta cómo le mira la gente, el respeto, dice, con que le miran.

En otros tiempos, otro “yo”, uno de los “yo” pasados, hubiera descalificado inmediatamente a este ser humano etiquetándolo como un fascista y como un peón del sistema que oprime y empobrece. Pero hoy lo veo con tristeza y lástima, con ternura, incluso con un ambiguo sentimiento de respeto a su trabajo ya que, al fin y al cabo, él, ellos, van a ayudar, quizás indirectamente, quizás no siempre, seguro que no en la acción global de los ejércitos, pero sí puntualmente van a proteger a la población de esos países en guerra y además facilitan algo la vida en esos infiernos.

Me cuenta también que en esas misiones no pueden conocer nada, no pueden abandonar el cuartel como civiles para pasear. Cuando salen aparentemente  como civiles van siempre armados y con chaleco y en realidad están haciendo su trabajo sólo que no uniformados.

Me despido de él viéndolo como alguien digno, sí,… en algún sentido,… no sé. Cuando le estrecho la mano y cuando le deseo suerte soy completamente sincero.

Monday, 23 November 2015

231115

(hoy escribo apaisado)
Deberías dejar de tomar excitantes. Estás fuera de ti, incluso sientes un cosquilleo físico. El trepidar de tus nervios. Tú no te crees tu versión estándar de que es el alcohol. Sabes que es peor sereno, sabes que es una reacción química, o algo. Probablemente el único miedo. Esa pulsión, esa tristeza total, esa euforia. Las subidas de arrolladora verborrea y enormes sonrisas. El terror del desplome gris y pausado. El descontrol. El no-control. Probablemente lo arreglan con medicación pero... todos esos locos que salen como zombis del psiquiátrico al lado de casa. La calavera también. Y las paredes que se desconchan. Unas horas sin beber. Un pequeño paso en el no-suelo, algo rápido y un golpe seco. Si estuviese asegurado que iba a ser así. Incertidumbre y rutina, paladas de rutina, horario y agenda y actividades y... pánico a encontrarme conmigo. Un motivo para algo, por favor, un motivo para algo.


Monday, 5 October 2015

La peluquera no estuvo mucho tiempo


Jueves 27 de febrero de 1969, sobre las 16h
(…)
En el 24 (es la casa donde yo vivía):
Para empezar un edificio de un piso con una puerta (condenada) en la planta baja; alrededor, aún hay rastros de pintura y por encima, todavía sin borrar del todo, la inscripción
PELUQUERÍA DE SEÑORAS
Después un edificio bajo con una puerta que da a un patio largo pavimentado con algunos desniveles (escaleras de dos o tres peldaños). A la derecha, un edificio largo de un piso (que antes daba a la calle por la puerta condenada del salón de peluquería) con una escalera de hormigón (este era el edificio en el que vivíamos; el salón de peluquería era el de mi madre).
Al fondo, un edificio sin forma. A la izquierda, como unas madrigueras.
Yo no entré.
Un anciano que venía del fondo bajó los tres peldaños que conducían a “nuestra” vivienda. Otro anciano entró con un fardo (¿de ropa sucia?) a la espalda. Tras eso, finalmente, una niña pequeña.

Jueves 25 de junio de 1970, sobre las 16h
(…)
En el 24, en el pequeño patio, hay un gato sobre una carbonera. La inscripción PELUQUERÍA DE SEÑORAS aún se ve. Carteles del PC.

Miércoles 13 de enero de 1971. Frío seco. Sol.
(…)
En el 24: peluquería de señoras (no el local, solamente el rastro del letrero pintado sobre la pared); en el patio del 24, viguetas de metal; enfrente unos obreros reparan un tejado (¿de un edificio de la rue des Couronnes?). A los lejos, grúas.
(…)Del 36 sale una dama: vive allí desde hace 36 años y llegó sólo para tres meses; se acuerda muy bien de la peluquera del 24:
- No se quedó mucho tiempo.

Domingo 5 de noviembre de 1972, hacia las catorce horas
(…)
24 sigue intacto
(…) Un gato atigrado y un gato negro en el patio del 24.

Jueves 21 de noviembre de 1974, sobre las 13 horas
(…)
En el 18 y el 22 son cafés hoteles que siguen en pie, al igual que el 20 y el 24.
Del lado impar, el 21 está en proceso de demolición (se ven los bulldozers, las excavadoras, los semáforos), el 23 y el 25 tienen las tripas abiertas. Tras el 25 ya no hay nada.

27 de septiembre de 1975, sobre las 2 de la madrugada
La casi totalidad del lado impar está cubiertas de tapias de cemento. Sobre una de ellas, un graffiti:
TRABAJO = TORTURA
Lo infraordinario
George Perec

(*) La madre de George Perec, Cyrla, fue apresada por los nazis y llevada a Auschwitz donde murió en 1943

¿Acercamientos a qué?


Quien nos habla, me da la impresión, es siempre el acontecimiento, lo insólito, lo extraordinario: en portada, grandes titulares. Los trenes sólo empiezan a existir cuando descarrilan y cuantos más muertos hay, más existen; los aviones solamente acceden a la existencia cuando los secuestran; el único destino de los coches es chocar contra los árboles: cincuenta y dos fines de semana al año, cincuenta y dos balances: ¡tantos muertos y tanto mejor para las noticias si las cifras no dejan de aumentar! Es necesario que tras cada acontecimiento haya un escándalo, una fisura, un peligro, como si la vida no debiera revelarse nada más que a través de los espectacular, como si lo elocuente, lo significativo fuese siempre anormal: cataclismos naturales o calamidades históricas, conflictos sociales, escándalos políticos…
En nuestra precipitación por medir lo histórico, lo significativo, lo revelador, no dejemos de lado lo esencial: lo verdaderamente intolerable, lo verdaderamente inadmisible; lo escandaloso no es el grisú, es el trabajo en las minas. La “desigualdad social” no es preocupante en época de huelga: es intolerable las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta y cinco días del año.
Los maremotos, las erupciones volcánicas, las torres que se derrumban, los incendios en bosques, los túneles que se hunden, ¡El edificio Publicis que arde y Aranda habla! ¡Horrible! ¡Terrible! ¡Monstruoso! ¡Escandaloso! ¿pero dónde está el escándalo, el verdadero escándalo? Acaso el periódico nos ha dicho algo diferente de: tranquilícese, ya ven que la vida existe, con sus altibajos, ya ven que pasan cosas.
La prensa diaria habla de todo menos del día a día. La prensa me aburre, no me enseña nada; lo que cuenta no me concierne, no me interroga y ya no responde a las preguntas que formulo o que querría formular.
Lo que realmente ocurre, lo que vivimos, lo demás, todo lo demás, ¿dónde está? Lo que ocurre cada día y vuelve cada día, lo trivial, lo cotidiano, lo evidente, lo común, lo ordinario, lo infraordinario, el ruido de fondo, lo habitual, ¿cómo dar cuenta de ello, cómo interrogarlo, cómo describirlo?
Interrogar a lo habitual. Pero si es justamente a lo que estamos habituados. No lo interrogamos, no nos interroga, no plantea problemas, lo vivimos sin pensar sobre él, como si no vehiculase ni preguntas ni respuestas, como si no fuese portador de información. Esto no es ni siquiera condicionamiento: es anestesia. Dormimos nuestra vida en un letargo sin sueños. Pero nuestra vida, ¿dónde está? ¿Dónde está nuestro cuerpo? ¿Dónde nuestro espacio?
Cómo hablar de esas “cosas comunes”, más bien cómo acorralarlas, cómo hacerlas salir, arrancarlas del caparazón al que permanecen pegadas, cómo darles un sentido, un idioma: que hablen por fin de lo que existe, de lo que somos.
Quizás se trate finalmente de fundar nuestra propia antropología: la que hablará de nosotros, la que buscará en nosotros lo que durante tanto tiempo hemos copiado de los demás. Ya no lo exótico sino lo endótico.
Interrogar a lo que parece ir tan por su cuenta que nos hemos olvidado de su origen. Recuperar algo del asombro que experimentaron Julio Verne o sus lectores frente a un aparato capaz de reproducir y transportar el sonido. Porque existió ese asombro, y otros miles, y fueron ellos los que nos modelaron.
De lo que se trata es de interrogar al ladrillo, al cemento, al vidrio, a nuestros modales en la mesa, a nuestros utensilios, a nuestras herramientas, a nuestras agendas, a nuestros ritmos. Interrogar a lo que parecería habernos dejado de sorprender para siempre. Vivimos, por supuesto, respiramos, por supuesto, caminamos, abrimos puertas, bajamos escaleras, nos sentamos a la mesa para comer, nos acostamos en una cama para dormir. ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Por qué?
Describan su calle. Describan otra.
Comparen.
Hagan el inventario de sus bolsillos, de su bolso. Interróguense acerca de la procedencia, el uso y el devenir de cada uno de los objetos que van sacando.
Pregúntenle a sus cucharillas.
¿Qué hay bajo su papel de la pared?
¿Cuántos gestos hacen falta para marcar un número de teléfono? ¿Por qué?
¿Por qué no se encuentran cigarrillos en las tiendas de alimentación? ¿Por qué no?
Me importa poco que estas preguntas sean, aquí, fragmentarias, apenas indicativas de un método, como mucho de un proyecto. Me importa mucho que parezcan triviales e insignificantes: es precisamente lo que las hace tan esenciales o más que muchas otras a través de las cuales tratamos en vano de captar nuestra verdad.

Lo infraordinario
George Perec


Saturday, 29 August 2015

Veinte mujeres solas


No tenéis razón. No hay una linealidad, el tiempo no transcurre. Si así fuese no se daría este aletargado dejar desaparecer la vida mecidos en pánfila rutina de tristezas y cotidianidades. Todo ocurre a la vez, esa es la grandeza de la mente, del ser humano, la trascendentalidad.

Vas sembrando miradas que siguen la cadencia de tus pasos, la arrogante manera que tienen tus hombros de embutir tu silueta en este aire de cristal helado. Solidificas lo que nosotros tratamos de respirar. Es irrealidad lo que dejas tras de ti. Los sonidos se apagan, los colores adquieren tonos irreales y una sensación onírica se apodera del escenario y de los figurantes de esta tu tragedia.

Esa arrogante sonrisa con la que imaginas el mundo soleado después de tu muerte, igual, tan igual, a este día de hoy. Y, de repente, rompes a correr, como si alguien te siguiese, como si hubiese alguien capaz de alcanzarte.

Cuántas veces has agotado esta calle medieval sucia de hidrocarburos mal quemados hasta llegar al límite del abismo del amanecer desgarrado por no haber muerto hoy, tampoco.

Muchas veces me he preguntado que tenían las otras, todas ellas, jadeantes y sudorosas retorciéndose debajo de ti o cabalgándote arrogantemente satisfechas, bamboleando sus senos.

Todos esos rituales simultáneos e iguales, monotonía por un instante de sentir. El mundo fácil de los conformistas.

Probablemente no hay nada más.

Pasas entre nosotros ignorante de la pasión, del deseo, del amor y del odio que generas. Continúas ajeno al poder de tus armas pero detrás de ti, en las sombras a los lados de tu luminosidad, se afilan cuchillos para desgarrar tu carne y hacerte sólo animal en un mar de tu sangre dejando de respirar hacia esa última mirada perdida, suspendida, que espera la podredumbre de tu cuerpo, el hedor de tu descomposición física. Cuando empieces a ser sólo recuerdo, sin esperanza.

¿Tendré miedo en el instante final frente a la muerte?
No