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Sunday, 10 April 2016

Donde los aduaneros no miran nunca las maletas, solamente los ojos y los labios

[Final del libro “Silvalandia” trabajo hecho con textos de Julio Cortázar y cuadros de Julio Silva]

Han pasado muchas cosas, digamos muchas páginas pero lo mismo los reconocemos, son los de la portada. Nos han seguido los pasos sin mostrarse nunca, y así como se reían a la entrada pensando que nos perderíamos en Silvalandia, así se ríen a la salida para despedirnos, para juntar sus voces y decirnos:

- No nos reíamos por maldad sino porque somos solamente eso, dos pequeñas sonrisas azules que buscan sentirse menos solas. ¿Por qué desconfiaban de  nosotros cuando salíamos a esperarlos en la portada? Solamente les pedíamos que también sonrieran, que nos acompañaran, así, muchas gracias.

Y están contentos, podemos irnos de Silvalandia dejándolos otra vez en la portada a la espera de otro lector, de alguien que también los mirará extrañado, receloso de su silenciosa expectativa, pero que terminará por quererlos (y a los Ontok, a Hojitas, a Gustavo, al pescado Ricardo, por qué no a todos) y que franqueará sonriendo la frontera de Silvalandia donde los aduaneros son azules y no miran nunca las maletas, solamente los ojos y los labios.


Julio Cortázar

Sunday, 5 April 2015

Una realidad entre las irrealidades que somos todos nosotros

(...) dice algo que no nace solamente de que está medio loco, de que la realidad se le escapa y le deja en cambio una especie de parodia que él convierte en una esperanza.

(...)

Cuando no se está demasiado seguro de nada, lo mejor es crearse deberes a manera de flotadores.

(...)

Pero Johnny no ha tenido jamás idea de lo que es esperar nada, y tampoco se imagina que alguien pueda estar esperándolo.

(...)

En su caso el deseo se antepone al placer y lo frustra, porque el deseo le exige avanzar, buscar, negando por adelantado los encuentros fáciles.

(...)

Y cuando Johnny se pierde como esta noche en la creación continua de su música, sé muy bien que no está escapando de nada. Ir a un encuentro no puede ser nunca escapar, aunque releguemos cada vez el lugar de la cita; y en cuanto a lo que pueda quedarse atrás, Johnny lo ignora o lo desprecia soberanamente.

(...)

Johnny no se mueve en un mundo de abstracciones como nosotros.

(...)

Sus conquistas son como un sueño, las olvida al despertar cuando los aplausos lo traen de vuelta, a él que anda tan lejos viviendo su cuarto de hora de minuto y medio.

(...)

Eso era lo que me crispaba, Bruno, que se sintieran seguros. Seguros de qué, dime un poco, cuando yo, un pobre diablo con más pestes que el demonio debajo de la piel, tenía bastante conciencia para sentir que todo era como una jalea, que todo templaba alrededor, que no había más que fijarse un poco, para descubrir los agujeros.

(...)

Ah, el día en que pueda mandarme mudar, subirme al tren, mirar por la ventanilla cómo todo se iba para atrás, se hacía pedazos, no sé si has visto cómo el paisaje se va rompiendo cuando lo miras alejarse...

(...)

Lo que pasa es que se creen sabios (...) y viven convencidos de que lo que estudian y lo que hacen son cosas muy difíciles y profundas. En el circo es igual, Bruno, y entre nosotros es igual. La gente se figura que algunas cosas son el colmo de la dificultad, y por eso aplauden. (...) En realidad las cosas verdaderamente difíciles son otras tan distintas, todo lo que la gente cree poder hacer a cada momento.
(...)
Eso lo sentía, y cuando se siente... Pero (...) apenas has sentido ya viene lo otro, vienen las palabras... No, no son las palabras, son lo que está en las palabras, esa especie de cola de pegar, esa baba.

(...)

(...) la realidad no puede ser esto (...)

(...)

Cualquiera puede ser como Johnny, siempre que acepte ser un pobre diablo enfermo y vicioso y sin voluntad y lleno de poesía y de talento.

(...)

(...) una realidad entre las irrealidades que somos todos nosotros (...)

(...)

En el fondo lo único que ha dicho es que nadie sabe nada de nadie, y no es una novedad. Toda biografía da eso por supuesto y sigue adelante.

(...)

Estoy tan solo como este gato, y mucho más solo porque lo sé y él no.

(...)

No se puede decir nada, inmediatamente lo traduces a tu sucio idioma.

(...)

(...) me pareció que un día iba a encontrar otra cosa. No estaba satisfecho, pensaba que las cosas buenas, el vestido rojo de Lan, y hasta Bee, eran como trampas para ratones, no sé explicarme de otra manera... Trampas para que uno se conforme, sabes, para que uno diga que todo está bien.
(...) porque no puede ser que no haya otra cosa (...)

El perseguidor
Julio Cortázar





Tuesday, 30 December 2014

No hay otra vuelta atrás que una espiral.

La autopista soy yo, tú, nosotros, y cuando tu lengua busca la mía y se desenrolla, caracol en el caracol, tu lengua resbalando al infinito alargándose en el fondo de la boca, fragmento del tiempo fragmentado, larga cinta de asfalto caliente y también yo caracol; tu lengua se estira y soy un precipicio la trago y siguiendo esa fiebre sin fin tu rostro entra en mí, tu pelo, tus ojos que pestañean de sorpresa, se creían afuera, hacen cosquillas al abrirse a la altura de un calor interno, tú deslizándote hasta los codos, yo tragando tus nalgas sin que cese el beso, el primero. Haciéndote lugar la oscuridad húmeda se entreabre y también tú a la altura del vientre mil caracoles danzando gravemente en espiral, yo la otra concha de caracol también.

Nos abrazamos siempre hasta perder el aliento, buscando el hálito más allá, tú sumergido sin desaparecer de allí donde estás, tus ojos en mí y de frente donde la mirada se ha vuelto reflejo de dos, de mil miradas, y me aspiras. Me sumerjo como una pescadora de perlas, lengua, nada más que esta lengua que se deja atrapar , estirarse, arrastrando con ella esa sed que jamás podremos saciar, todo el cuerpo que se adelgaza para resbalar a lo más profundo, a lo más opaco, y difundirse en tu violenta suavidad. Buscamos todavía y todavía; cómo no caer más allá de su, tu, mi lengua y del vértigo de los caminos que allí llevan, siempre los mismos y sin embargo hay vías lentas, caminos fulgurantes.

Una luz que pasa, un camión toque de bocina; los asimilamos a su vez a la asfixia, bocas selladas una contra otra, vuelca del afuera en el otro lado. Inventamos el aire ahí donde sólo hay humedad, calor y noche surcada de relámpagos, y yo trago todavía tu codo, la otra nalga, tu sexo que resbala cálido y viviente en mí y que me tomará por mí también, te penetrarás porque antes de rehusar el retorno a la superficie, apenas a tiempo o quizá no a tiempo, la asfixia ya ha empezado sin duda, la inmovilidad del viaje nos ha ahogado ya en estos efluvios de miel, de canela, a través de Fafner los vientos remueven las noches, siestas, mil gestos para alcanzarnos; nuevamente somos caracoles refugiados en un caracol que viaja sobre el dorso de un pájaro sin alas, ¿será posible arribar algún día? Cuando nuestros cuerpos ya han pasado el uno en el otro por la lengua, cuando eres ya pájaro aleteando en mi pecho, serpiente ciñendo mis caderas del lado invisible de la piel, ni una sola célula escapa circunscrita desde el interior en el momento en que la negrura se estría de estrellas verdes, es preciso, es preciso volver, respirar como casi ahogados pero estamos ya ahogados, jamás se puede recuperar todo el cuerpo antes de que las bocas se desgajen una de la otra con la violencia de la estrangulación. Respirar, pero tan poco: te sumes de nuevo, cómo quedar con esos cuerpos invertidos, vueltos como guantes resbalando fuera de las manos que los retenían, y te sumes, y como delfines en un mar del que ignoramos el fondo y las corrientes resbalamos el uno contra el otro, el uno en y alrededor del otro, y como tiburones ola tras ola hendida para desgarrar eso que queda de una realidad que busca otra cosa que este ritmo.

Desde el comienzo del viaje, de todos los viajes, mesurando el tiempo desmesurado de una cresta a otra.

Y en el húmedo abandono del agotamiento, el sosiego, el caracol de caparazón de pelusa, tu rostro de adolescente que brilla en su última fatiga, y de nuevo con una mano cansada pero que el reflujo de una próxima ola todavía imperceptible mueve ya, me dibujas las caderas, los senos, las nalgas, y ese dibujo, don de ti a mí, me regalas todavía una vez el único regalo que puedo abandonarte enteramente y hasta el lago de sueño que nos mecerá.
Con una voz quebrada, más de una vez, me has dicho: «Eres tan joven.» No te equivocabas, pero qué velo te ha impedido ver todos esos años que también yo llevo conmigo, años de una edad mucho mayor que

— ¡No me hables del tiempo!

Pero sí, hablemos, nosotros que no somos niños; estamos, estamos en el tiempo como en este viaje: dentro. ¿Es que no ves que no hay ya cuatro ni tres ni dos tiempos?

Tantas veces me he precipitado en el abismo negro que sé caminar en la oscuridad. Y cortar mil veces, diez mil veces seguidas, la cabeza de la hidra, sin hacerme la ilusión de que le impido proseguir todavía y siempre su siniestro crecimiento. Años creyendo o no en un nacimiento hecho para permitirle a la muerte tomar el sol, otros para teñirla de colores violentos: nos reconocemos.

Por el momento, gran lobo marino, bogamos sobre un agua en calma, clara, sólo agitada por visiones de riberas donde horrores, torturas y guerras se agitan y nos acechan. Pero nuestras olas sólo forman una basta ondulación que respira al ritmo de nuestra locura. Luz, y la oscura pasión que nos empujará hasta el fin, siempre hasta el fin y más lejos. Allí donde te estrecho como si nuestras pieles fueran a disolverse al contacto de una con otra, hacer de nosotros un solo ser invisible.

Tu voz es clara, pero cuando viene ese velo de tristeza, cuando apenas empezando el viaje dudas nuevamente de su término, ¿cómo callarme, y cómo hablar? A su tiempo esa tristeza, mi amor, a su tiempo todavía lejano y doble. Por grande que sea la oscuridad, no hay negrura que me haga retroceder.

Tú, y todavía tú.

A fuerza de nadar en las grandes aguas negras, se aprende a flotar en la oscuridad. Boya de las peores tinieblas. Excluidas ya las vejeces humillantes, las pesadillas sanitarias; y el resto no es para ahora y ya no hay más soledad posible. ¿No has comprendido qué regalo de vida fue que no murieras hace un año? Corte. Partida. Y lo desconocido que se tiende por muchos años todavía, si quieres explorarlo con tus ojos de niño.

Dulce confusión cuando el suelo tiembla al sol y vibras contra en alrededor de mi cuerpo.

No abandonaremos la autopista en Marsella, mi amor, ni en ninguna parte. No hay otra vuelta atrás que una espiral.

(Escrito por Carol Dunlop en el libro
"Los autonautas de la cosmopista" que
escribió con su compañero Julio Cortázar)




Saturday, 31 August 2013

¿Encontraré a la Maga?

¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.
Rayuela
Julio Cortázar