Saturday, 29 September 2018

Hay un fusilado que vive (Operación masacre)

“Seis meses más tarde, una noche asfixiante de verano, frente a un vaso de cerveza, un hombre me dice:
-  Hay un fusilado que vive.
No sé qué es lo que consigue atraerme en esa historia difusa, lejana, erizada de improbabilidades. No sé por qué pido hablar con ese hombre, por qué estoy hablando con Juan Carlos Livraga.”

“Esa es la historia que escribo en caliente y de un tirón, para que no me ganen la mano, pero que después se me va arrugando día a día en un bolsillo porque la paseo por todo Buenos Aires y nadie me la quiere publicar, y casi ni enterarse. Es que uno llega a creer en las novelas policiales que ha leído o escrito, y piensa que una historia así, con un muerto que habla, se la van a pelear en las redacciones, piensa que está corriendo una carrera contra el tiempo, que en cualquier momento un diario grande va a mandar una docena de reporteros y fotógrafos como en las películas. En cambio se encuentra con un multitudinario esquive del bulto.
     Es cosa de reírse, a doce años de distancia porque se pueden revisar las colecciones de los diarios, y esta historia no existió ni existe.”
(…)
“Aramburu estaba obligado a fusilar y proscribir del mismo modo que sus sucesores hasta hoy se vieron forzados a torturar y asesinar por el simple hecho de que representan a una minoría usurpadora que solo mediante el engaño y la violencia consigue mantenerse en el poder.”


Operación masacre, RODOLFO WALSH 

Saturday, 12 May 2018

El patio de la prisión

Ayer alguien colgó en twitter este cuadro indicando que es de Van Gogh. No recuerdo conocer este cuadro (pero soy muy viejo ya, quién sabe).
Representa unos presos en el patio de una prisión. Me fascina este cuadro, sobretodo por el hombre que nos mira. Yo creo que es el propio Van Gogh. También creo que soy yo. Y la prisión es la vida; y la rutina es esa rueda absurda que repiten una y otra vez los cabizbajos reclusos. Vigilados por quienes mantienen esta mascarada para tener sus privilegios. No solo económicos o de poder, también el privilegio de establecer, de imponer, un orden (ficticio) que les permite calmar su angustia existencial. Ordenar el sinsentido, establecer una jerarquía. Creerse un cielo, un derecho divino. Una normalidad. Olvidar el caos. Dejar de temblar.

Saturday, 4 November 2017

Escribir para fingir la fuga

“Y entonces –me pasa a menudo– la humillación, la claustrofobia de vivir toda la vida reducido a uno mismo: no poder, jamás nunca, pensar como piensa cualquier otro de esos siete mil millones. Vivir en una cárcel tan estrecha. Escribir para fingir la fuga.”

El hambre, MARTÍN CAPARRÓS

Saturday, 18 February 2017

La crisis de la ordinariedad

"La sensación de crisis constante no conduce a la revolución sino a una ansiedad generalizada que requiere una gestión constante de uno mismo, y que espera de manera perversa que el gran amor inalcanzable le redimirá de lo que Lauren Berlant ha llamado la "crisis de la ordinariedad".

Eva Illouz en el prólogo a "La radicalidad del amor" de Serćko Horvat




Wednesday, 14 December 2016

1912 [notebook 13]

Sería mejor no anotar nada,
no fotografiar nada,
no guardar tarjetas ni mapas,
no almacenar referencias.

Sería mejor no retener, 
no tener memoria.

Sería mejor no conservar recuerdos
porque cuando se comparen con el presente
serán más jóvenes y con más posibilidades

que el viejo y marchito hoy.




Monday, 5 December 2016

13112 [notebook 7]

Con nuestros simuladores de dinero (que simulan trueques) compramos dispositivos electrónicos esperando que simulen libros y libretas. Pero no conseguimos que sean como los libros y las libretas. Los libros y las libretas están ahí esperando que volvamos de nuestro último viaje loco de angustia. 

El tiempo pasa pero no podemos disfrutarlo porque debemos trabajar y gastar para “ganarnos la vida”. Y cuando se nos concede un poco de tiempo no sabemos qué hacer y nos ponemos a comprar cosas para que nos llenen, pero nos van vaciando. 

Casi no queda nada de mí.
¿Qué (y cuándo) voy a “hacer” para convertirme en quien creo que soy?

Como todo “outsider” hago daño y cuanto más integrado estoy, más daño hago.

Creo que a veces no se me entiende pero la mayoría de las veces ni siquiera se intenta sino que se me interpreta, se me clasifica y, una vez se encuentra un lugar en la estantería en el que colocarme, se me deja allí.
(Seguramente yo hago lo mismo con los demás)

Nada de lo que se me dice me interesa. Sólo me interesa lo que miró, lo que espío, lo que descubro.

Soy así (“a loser”). De gente como yo están llenos los comedores de Cáritas y los bancos de las plazas.
Pero peor...
La mayoría (de los que son como yo) están en sus habitaciones de infancia de las casas de sus padres, inmovilizados. 
Mirando como espectadores asustados y con campos de visión (y comprensión) limitados. Hipnotizados ante el espectáculo del mundo que les ofrecen sus televisores.
Y así mueren. No todos, unos pocos despiertan en violentos ataques de odio alimentado durante años por el resentimiento y la envidia.
No es sana la envidia de estos degenerados.


Ese es el miedo, ese es el abismo. La exclusión, no crecer, no ser.

El enemigo es la inercia (sé que tras ella, en su lento caminar, está la muerte. La inercia me asfixia. La inercia es la náusea. 
Silencio se muere.

Hacer algo aunque sea (aún sabiendo que es) humo, que no va a durar. Porque, además, nada dura.

Al menos intentar entenderlo (todo, algo) algo si se entiende es todo.

Auténtico miedo a quedarme solo y tener que contestarme mis preguntas.

Atento observador de las construcciones (de la vida) de los otros. Frío observador de sus desvanecimientos, de sus derrumbes. De sus finales y desapariciones (abruptas o lentas, paulatinas).

Siempre hay alguien mirando y que es mirado en un juego de espejos infinito. Ni siquiera la soledad más intensa, la soledad del instante preciso del abandono de la vida, es un momento de soledad plena. ¿O sí? ¿Será eso aquello a lo que llamamos “Dios”?

Rodeados de nada, con absurdos y locos objetivos, corremos sin meta (y muy pronto perdemos la ilusión de creer que hay una meta, pero seguimos corriendo).

Melancólico paisaje de invierno, hoy me parece bien.

Hay gente, personas, que ciertamente están “de vuelta” en la vida, pero hay otros que lo pretenden pero que realmente sólo han andado, cansinamente, hacia ninguna parte y en círculo (por eso nos quieren hacer creer que “están de vuelta”).

Sunday, 2 October 2016

Un verano kurdo

Su apodo es Berjin. Tiene treinta años. Es de Siirt. A los diecisiete años, al acabar el instituto, se alistó en el PKK. En 2008, cuando los aviones turcos bombardearon las montañas de Zagros, ella estaba allí.
“La nieve me llegaba a la frente. Y nuestros refugios estaban debajo. Primero llegaron los drones para explorar la zona. Después, llovían las bombas. Yo confié demasiado en mis oídos. Creí que diferenciaban el sonido de los aviones.”
Cuando un avión dejó caer las bombas en el lugar donde estaba ella, sus compañeros estaban en el refugio. No lograron convencerla. Ella seguía jugando con la nieve. En cuanto se dio cuenta, se lanzó al refugio, pero no logro meter todo su cuerpo a tiempo, solo hasta la cintura. Una parte de la bomba le alcanzó justo en la vagina. Primero sintió un dolor horroroso, luego se desmayó. Sus compañeros le abofetearon la cara una y otra vez para que no se durmiese, para que se mantuviera despierta. “¡Más tarde pedí cuentas a mis compañeros por los moratones de mi cara!”.
La nieve no perdona a quien se queda dormido, por eso sus compañeros, mientras practican primeros auxilios, no la dejan dormir. Solo consiguen llevarla a un hospital días después.
Allí se entera de que el hueso de la vagina está roto. “No le deseo este dolor ni al peor de mis enemigos”.
Mientras ella se retuerce de tanto dolor, los médicos del hospital del Kurdistán iraquí se preocupan por su himen. Muy afligidos, se le acercan con delicadeza y le comunican que no va a poder tener hijos. Lo cuenta y se ríe. “Es normal. La mujer para ellos significa el himen y muchos hijos”. Ella se ríe de todo, menos de sus dolores permanentes. 
¿Cómo se distingue a una mujer coqueta del resto cuando todas llevan el mismo uniforme? Quizás por la horquilla de color morado que sujeta su pelo hacia un lado, alisado por arriba y que cae en tirabuzones por encima de los hombros, brillante por la henna. Quizás por sus uñas cuidadas, que complementan a unas manos largas y finas. Es como una estrella de Hollywood en medio del monte de Qandil. 
Cuando termine esta guerra, ¿tú qué harás, a qué te dedicarás...? ¿Cómo formular estas preguntas a unas jóvenes que llevan años en la montaña y que no se sabe si alguna vez volverán? Es la misma pregunta, la formules como la formules. A Berjin, que lleva trece años en estos montes, ¿cómo se le puede hacer esa pregunta elegantemente? Sobre todo cuando no se sabe cuándo acabará todo esto. Si fuese el último día de la guerra, antes de que se disponga a volver a “casa”, a lo mejor no sería tan difícil, ¿pero ahora? Me cuesta tanto preguntar por sus historias, que prácticamente me limito a escucharlas cuando ellas me cuentan, porque en cada intento siento como si apuntara el micrófono a una tribu recién “descubierta” en la Amazonía. Menos mal que no tengo que usar el micrófono. 
- Cuando termine esta guerra, me imagino que lo primero que harás será ir a curarte, ¿no?
Ella es lista, sabe que esta pregunta es una excusa para saber otras cosas.
- Es demasiado tarde, no me pueden hacer nada más. No me pueden arreglar más de lo que estoy. Y como no puedo tener hijos- se ríe- leeré y leeré. Y supongo que algún kurdo cuidará de mí: yo ya he hecho lo que he podido.

Un verano kurdo
Historias de resistencia al ISIS, 
a la ocupación y al exilio
ZEKINE TÜRKERI

p60-p62